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lunes, 8 de abril de 2013

Fotógrafos de Ahora: "Antonio Alay o Del barro, el rock and roll y la defensa de la propia obra".










Fotógrafos de Ahora

Antonio Alay
o
Del barro, el rock and roll
 y la defensa de propia obra







    Conocí en persona a Antonio Alay hace pocas semanas. Nos había convocado el foto-tabernero Miguel Pérez Pardo para ser miembros del jurado del II Premio de Fotografía de Tapas y Fotos, jurando del que también formaban parte Luis Baylón y Pierre-Yves Marzin.

   Antonio Alay me pareció persona abierta y de objetivo mental-visual tranquilo pero alerta. De cara amable, mira o enfoca con querencia al tres cuartos, esboza una casi sonrisa, tiene opiniones de optimista pesimista o viceversa o vaya usted a saber cuál es el orden.

   Antonio Alay es fiel a ser rockero cuero negro, a llevar como ramo floral su casco motero de hormiga atómica, bien hermosa ella, pues Antonio es tirando a grandecito.

  Hace unas semanas, cuando le conocí personalmente, salió a la calle a charlar  -porque charlar le gusta un rato-, a fumarse un cigarrillo y, de paso, a echarle un ojo a la moto. Se quejaba de la desordenada montonera de pelo que le crecía en la parte superior del cráneo y que, por eso, se había encasquetado una gorrilla con visera; vamos, para disimular, pues Antonio es de natural estético presumido de su empaque, que todo es una foto, empezando por la imagen del propio fotógrafo.
















   Total,  que me pareció un buen tipo, presto al intercambio de ideas, fotográficas y de las otras. Un buen tipo, incluso después de haberle publicado ayer mismo un primer artículo, del que no quedó nada conforme, y que ahora cambio por éste, que sólo tiene siete fotos, entregadas por el propio autor, no veintisiete fotobirrias como en el anterior artículo, sacadas de la cloaca de Internet, de desigual calidad y sin indicación de autoría. Qué razón tienes, Antonio.

    Sin embargo, agregaré dos de bonus; es decir, unas fotos sin importancia que le calcé el pasado jueves cabalgando moto propia, junto al fotógrafo y amigo suyo Jorge Ontalba. (Véase al final de este artículo).

    De Antonio Alay recordaba aquella serie de retratos femeninos, al barro y de cintura para arriba, que aparecieron publicados en la revista Foto en abril de 1994. Casi dos décadas; toma ya. En nuestra conversación a las puertas de Tapas y Fotos, le recordé aquel trabajo suyo de juventud, que me pareció y me parece bastante interesante y con un adecuado toque de fetichismo, no sólo por el barro y la técnica fotográfica, sino porque aquellas fotos respiraban, olían, abultaban, eran más que visuales. Y la modelo, también.

















   En apariencia, aquel Aley no guarda semejanza con el de nuestros días. Actualmente, estilizado, colorista a veces, vintagero depurado, señorito rock and roll. Qué va, es otro y es el mismo, pues le gusta a rabiar vivir el blanco y negro detrás de la Rolleiflex o Hasselblad. Que digo señorito; no, no. Señor fotógrafo, como antiguamente.

    Aquellas fotos publicadas en el 94 poseían un encuadre sin aire, agobiante, una estética que por entonces se permitía la fotografía de moda. Es decir, que Antonio no se cortaba un pelo en cortarle parte del cráneo a la modelo, fotográficamente hablando. La verdad es que hoy el común de la foto de moda está de lo más aburrido, por reiterativo, por posado y reposado, y por dar imágenes de seres más tiesos que momia o sarcófago de ella.

    Antonio Alay siempre ha estado muy preocupado por la iluminación, cuestión que en estudio domina con gallarda profesionalidad. Últimamente, no se le ve muy propenso al claroscuro. Pero tranquilos, que en cualquier momento nos sorprende y nos regala, incluso, fotos a lo Caravaggio.


     El retrato de estudio que practica Antonio, en color o en blanco y negro, según muestra su blog, sigue siendo de la misma índole, pero sin barro, sin el fetichismo explícito de hace dos décadas, pero con fetichismo contenido, perversamente pudoroso. Véase:

    Lo demás, igualito que el 94. Mirada profunda de él o ella. Fondo de tela, de pared gris o de acolchonado súper-sofá, todos ellos en diferentes saturaciones. Corte en busto como busto de bronce sobre columna de piedra, aunque en sus actuales retratos ya no se permita el lujo de cortar el cráneo, como antaño.

    Pero en color, la imagen se vuelve más libre, más cálida, móvil, hasta documentalista con algo de foto-gamberra, pero sin pasarse, que Antonio es caballero-fotógrafo de moto rugidora, que no atronadora.










Autorretrato








   Si bien a Antonio Alay se le ha considerado fotógrafo de estudio, hay en su página web una clara tendencia a lo íntimo, al documento, a la foto que nos encuentra a la vuelta de la esquina:



    Si queréis saber más de su obra, opiniones e ilusiones, es del todo recomendable, repito, también visitar:
























    ¿Qué más voy a contarles que no cuenten las fotos de Antonio Alay? Culturalmente, es un rockanrolero . Humanamente, un curioso preparado para el disparo fotográfico.

    Ahora está a la espera de un libro, pues a Antonio le gustan mucho los libros y escribir en los libros. Pero esta es otra cuestión. Disfruten de sus fotos, viajarán al pasado con aroma del presente.



      Y las dos fotos de bonus, acometidas por el que esto escribe, en las que se ve a  Antonio Alay aparcando convenientemente su moto bajo la mirada atenta de Jorge Ontalba, colega fotográfico y amigo. 4 de abril de 2013.























domingo, 24 de marzo de 2013

Fotógrafos de Ahora. Jerome Abramovicht o La expresión de la carne y el plástico.







Fotógrafos de Ahora

Jerome  Abramovicht
o
La expresión de la carne y el plástico




   Algunas de las fotos del canadiense Jerome Abramovicht estuvieron con nosotros en Metolcuatro durante la sesión de Breve-Mente :

   Sin embargo, su serie Mannequin, y también algo de su vida y fotos, merecen un comentario y sus correspondientes imágenes.



















 Jerome Abramovicht, que tiene treinta y seis años pero que lleva catorce dándole a la foto, rinde culto a las modificaciones corporales, no sólo en lo referido a la imagen fotográfica sino a él mismo. Quiero decir que para ir del dicho al hecho se cortó, “por curiosidad”, una falange del dedo meñique, y se insertó un clavo para atornillarse diversos artilugios. Y con el trozo de falange, se hizo un bonito colgante. Esta experimentación del propio cuerpo, le ha llevado a tatuarse, a incrustarse piercings e incluso a inyectarse soluciones de sal marina en la piel.

    Igualmente, en homenaje a las culturas primitivas, que rinden religioso culto a las modificaciones corporales, se prestó como modelo para publicaciones que tratan gráficamente esta cuestión o rito.



























   Antes de que su inquietante obra fuera conocida, Jerome Abramovicht trabajo, de 1997 a 2004, como chico de mensajes, pero no en moto, sin en bicicleta, lo que a buen seguro le ofreció una información visualmente urbana de lo más compendiosa.

   Adquirido el oportuno reconocimiento, ha podido dedicarse y vivir buenamente de la fotografía personal y, estómago obliga, también de la comercial. Y ha expuesto, con resonancia internacional, en Canadá y Japón. Ahora viaja, en plan explorador-documentador, por todo el mundo para captar todas las modificaciones que su cámara, los programas digitales de rigor, y su especial imaginación le demandan.
























   Las diferentes series de  Mannequin ilustran perfectamente, de un modo muy depurado, los que nos propone Jerome Abramovicht, que no es otra cosa que convertir al cuerpo humano en carne y cosa a la vez, en un Frankenstein de este mundo global, muy blanco y sin costuras ni sangre. Humanos-maniquíes que preludian una nueva era, en que la carne tendrá que compartir el cuerpo con inserciones de tecnología avanzada. Humanos-maniquíes amputados, que conviven con su realidad del modo más normal, pero con novísimos significados.

   Jerome Abramovicht nos hace ver nuestro futuro, que ya es presente. Somos carne y plástico. Todo ello a través de una fotografía en blanco y negro muy trabajada, en la que resalta la piel blanquísima, el contraste brutal. Una fotografía de ángeles en un infierno blanco, como desechos blancos de un hospital blanco-blanquísimo donde prevalece la amputación aséptica.































   Indudablemente Abramovicht es un excéntrico, pero también un visionario. Lo suyo no es una estúpida manipulación digital, sino la plasmación de una realidad que muchos se niegan a ver. Una mezcla perfecta entre carne y plástico, un canto a la Humanidad Frankenstein a la que nos dirigimos alegremente, una descripción de residuos humanoides que nos espera a la vuelta de la esquina del tiempo.


     Y si queréis saber más, visitar su web. Merece la pena, queridos humanos y cybors.














lunes, 18 de febrero de 2013

Fotógrafos de Ahora. Antonio Graell. "Crucifixión Siglo XXI"












Fotógrafos de Ahora

Antonio  Graell
 o
La invención que no cesa
(Crucifixión Siglo XXI
En
El dinosaurio todavía estaba allí
Calle  Lavapiés, 8 /Madrid)

















      Antonio Graell no tiene remedio. Es la invención que no cesa. Y digo esto con absoluto conocimiento de causa, pues desde que lo conozco no para de maquinar cuestiones fotográficas que no sé si rozan los vetustos Inventos del TBO, la nigromancia postmoderna o retrotecnológica o el delirio plástico más inventivo que se pueda encontrar. Es el padre de la “Foto-Chapapote”. Ha dado una vuelta de tuerca a la cuestión digital pariendo “La Halurización del pixel”. Ha ido al origen de la civilización y reformulado la fotografía con sus “Fotos-Fuego”. Y otras maquinaciones de la más rara estirpe.

















   Y ahora, después de montar hace más de dos años en Tabacalera la “Crucifixión Siglo XXI” con hermosa Crista y atador de turno, reelabora aquel material fotográfico y lo expone sobre humilde papel amarronado y supuestamente reciclado.

   Pero como Graell no puede quedarse ahí, edita en compañía de familia y amigos un librito de tirada limitada (150 ejemplares), la mar de apañado y artesanal. A un precio módico. Algunas de las imágenes que se muestran en este artículo son escaneados de dicho librito.

    Las imágenes fotográficas (página impar) van acompañadas (página par) por diversos textos de diversos autores, con caligrafía de ellos/ellas mismos/as, que giran alrededor del Planeta Graell, como se puede observar en una de las imágenes que reproducimos. 











































   Pero como Graell es fotografía de sí mismo, no pude resistirme a la tentación de retratarle en singular compostura. Así que tomando la calle de plató, le hice situarse en pared conveniente y le propiné unas instantáneas que aquí reproduzco. La primera serie con gafas hiperbólicas de mi propiedad, y la segunda, en compostura de autor firma-libritos-en-la calle. ¡Qué crisis! Pero Graell puede con todo, incluida la firma en la calle.












































   Igualmente, muestro también a la literata-tabernera Amanda Manara, regidora del Dinosaurio todavía estaba allí, en compostura propia de sus labores literarias-tabernéricas. Es decir, que habíase roto un vaso de vino en plena calle y ella, presta, vino a limpiarlo con suma galanura, como se puede apreciar en la instantánea.




















  Y antes de retirarme a mis aposentos, tuve a bien retratar, también con gafas hiperbólicas, en el interior a Ana X-Flash y, en el exterior, a la simpática y directa Beatriz Cabo, no sólo encargada de la encuadernación del librito graelliano, sino animadora incondicional de Antonio Graell.




























   Sólo animar al personal que pulula por Madrid y le interesa la fotografía que vaya a ver cómo se las gasta este fotógrafo tan original, tan inventor y que se llama Antonio Graell.