domingo, 10 de marzo de 2013

Breve-Mente. IV Sesión de prosa, verso e imagen.






METOLCUATRO

IV SESIÓN
Verso, Prosa e Imagen


Sábado 16 de marzo 2013
21:00 horas


Breve
Mente
Intensa- Mente

Proyección de ilustraciones japoneses.
Siglos XVII al XIX, con especial atención
al  Shunga

y fotografías de

Ansel Adams, Bill Brandt,
Ed Ross, Edward Weston,
Jerome Abramovitch,
Michael Akcerman,
 Michel Rajovic, Ouke Lele

Con fondo de lectura lírica
a cargo de

Haikus, por Ricardo Virtanen
+


Akhesa
Ángel Rodríguez Abad
Bárbara  Butragueño
Aarón García Peña
Federico Leal
Javier Lostalé   
Rafa Montesinos
María Antonia Ortega
Miguel Montesinos Pañeda   
Javier a Palo Seco
José María Ponce
Julio Santiago
Rafael Sarmentero

Iñaki  Serra
Rafael Soler
Juana  Vázquez

***
Sábado 16 de marzo 2013
21:00 horas

C/ San Pedro, 6. Bajo-interior
MADRID










Ed  Ross









   El sábado 16 de marzo a las 9 de la noche,  volvemos con nuestras sesiones de proyección de imágenes sobre fondo de lectura lírica, aunque esta vez Breve-Mente / Intensa-Mente.

   En la primera parte de esta sesión, tendremos brevemente la lectura de Haikus por Ricardo Virtanen, que serán ilustrados con la imágenes de artistas japoneses de los siglos XVII a XIX, prestando especial atención a los más egregios nipones del Shunga o arte erótico de aquellas islas, en aquellos siglos. También estos haikus serán arropados por las fotos de la inigualable Ouke Lele.

   Tras breve descanso, pasaremos al Breve-Mente más brevemente, pues los literatos arriba consignados leerán sus textos líricos, que no habrán de exceder de los tres minutos exactos. Dicha lectura será cronometrada, y si se sobrepasaran los tres minutos reglamentarios, el público asistente tendría pleno derecho a toser, carraspear, protestar a viva voz y hacer otras cosas que preferimos no imaginar. Se realizarán dos rondas de lectura, con nuevo  intermedio o descanso parlanchín.

   Esta lectura será ilustrada con la proyección fotográfica de imágenes de Ansel Adams, Bill Brandt, Ed Ross, Edward Weston, Jerome Abramovitch, Michael Akcerman y Michel Rajkovic.



   Y comenzaremos a las 9 de la noche. Se ruega puntualidad.

      Vaya como adelanto algo que podremos ver y algo que podremos escuchar:






Te queda acaso
la sed provocadora
de tus ausencias.




El mundo olvida
tu presencia inaudita.
Ahora lo piensas.




Crece la aurora
entre las muecas frías
que hace el invierno.




Ganarle al tiempo
esa parte de ti
que no recuerdas.



RICARDO  VIRTANEN










Utagawa  Kiniyoshi




Kiyonaga   Torii



Shunga




Ouke  Lele





Ouke  Lele














   Mi pasaporte dice que soy español. Mi vecino dice que no es catalán. En la tienda de la esquina vive una familia de chinos. En los pasillos del Metro suele haber tres senegaleses. Uno vende bolsos y cinturones; otro, muñecos de peluche y guantes; y el más triste, películas pirateadas. Mi mujer ya no quiere hacer pilates, quiere aprender inglés y dos semanas en Nueva York. Mi hijo mayor tiene que hablar alemán y trabajar en Alemania. Creo que hay demasiadas banderas, pero mi asco no tiene nacionalidad.

                                      RAFA   MONTESINOS






Ansel  Adams





Ansel  Adams





Bill   Brandt




Bill   Brandt










I

Más
allá
de
mis
ojos
tus
rodillas
induciendo
mi
verbo
al
baño
maría.



II

A
diario
mi
boca
se
llena
de
tu
color
primario.

JULIO  SANTIAGO







Ed  Ross




Ed  Ross





E.  Weston




E.  Weston













EXTRAÑOS

   Los días lluviosos trastornan a la gente. En la carretera, los conductores mueven los coches como si estuvieran todavía en la autoescuela. En la acera, los paraguas de las señoras recién salidas de la peluquería amenazan a los viandantes despistados.

   Tú y yo nos conocimos un día lluvioso. Coincidimos en un charco. Yo intentando evitar una varilla punzante; tú esquivando a una señora de pelo cano.

   Y allí, en el charco, dos extraños, nos hablamos. Primero fue un café. Luego vinieron las cenas, las copas, las camas. El viaje a Roma, las primeras vacaciones en Praga. Conocí a tu hermano presidario, a tu padre juerguista, a tu amiga la corista. Nos compramos un ático en la periferia, una freidora, un gato. Y nos casamos. Vino Juan, vino Rita, vino la adopción del niño rumano.

Más tarde vino mi trabajo en China, tus llamadas perdidas, el accidente de bicicleta de Rita. Y ya no hablábamos. Cuando volví a casa te encontré extraña. Entonces supe sobre  tu soledad,  tus noches de hotel,  tu amigo inglés. Y nos divorciamos. Vino el embargo del ático, las pensiones, las eternas discusiones. Un día decidimos que sólo hablaríamos a través de nuestros abogados. Intenté olvidar cómo era tu cara, como olía tu pelo, como sonaban tus palabras.

Un día de lluvia nos volvimos a encontrar. Otra vez en un charco Yo escapaba de un conductor novel. Tú de una señora de pelo cano. Todo era como al principio. Tú y yo. Dos extraños.

                   MIGUEL  MONTESINOS  PAÑEDA










Jerome  Abramovich





Jerome  Abramovich





Michael  Ackerman












El amante secreto de las balas
No pierdas la costumbre de perder
dejando que borre el viento cuanto queda
de inocente brillo en tu zapato hambriento
en tanto alfiler de luz a oscuras

no pierdas la costumbre
de ser el primero en las derrotas
que aguardan tu paso con un ramo

perder es la manera de alumbrar en soledad
una certeza

perder a muerte plena
a seca cimitarra en busca de tu cuello

perder a pasa rojo todo
a falta negro tanto y casi nada
al número imposible y su caballo
al doce con sus perlas

perder con empeño a pierna suelta
perder cabal seguro amargo
perder hasta la vida con sus moscas.

              RAFAEL   SOLER







Michel  Rajkovich





Michel  Rajkovich






Utamatu.  Shunga








martes, 19 de febrero de 2013

Prosas rabiosas: "Sin salir de casa".








Prosas rabiosas


SIN SALIR  DE  CASA





   Mis extraños viajes sin salir de casa comenzaron una tarde en el bar de mi barrio, en el que suelo aposentarme cuando mi equipo de fútbol juega y hay que pagar por ver. Aquella maldita tarde mi equipo acabó derrotado ampliamente. Por cinco goles en contra. A mi lado, el parroquiano desdentado, que pasa en el bar más horas que en su domicilio, se reía de mí con tres dientes amarillos. Y los borrachos habituales le seguían el cachondeo. Hasta el camarero de peluquín rubio me esbozó una sonrisa cuando me contestó que mis consumiciones importaban cinco euros y veinte céntimos.

   Salí del bar triste y achicado, mientras el invierno y la noche me vomitaron lluvia, viento y frío. Sólo quería llegar a casa, meterme en la cama y soñar cómo mi equipo ganaba todos los trofeos. Pero al abrir la puerta de casa noté un raro silencio. No se oía a los niños gritar ni a mi suegra regañarlos. Mi mujer no tenía puesta la tele a todo volumen. Y todo estaba a oscuras. Joder, ¿me habría confundido de casa? Salí a la calle y comprobé que era mi inmueble, piso, letra y llave. Encendí todas las luces. Añoraba el barullo familiar. De nuevo, salí, cerré la puerta y la volví a abrir. Un silencio acojonante. Me aventuré por el pasillo y entré en el dormitorio marital. Grité como en las pelis de terror. Pero no tenía delante monstruo o asesino, sino un cacho rubia en pechuga viva, que fumaba y miraba la pantalla del televisor, y que me dijo con acento de espía rusa: “Te veo mucho nervioso últimamente, mi amor. Mucho cansado. Anda, mete aquí el cuerpo entre sábanas conmigo”. 















   Aquella noche follé bestialmente. Me sentía actor porno sin público. Qué rubia. Cómo se movía y la chupaba. No me dijo su nombre. Tampoco me atrevía a preguntárselo. Pero yo la llamé mi amor, mi vida, mi perra, mi súper coño y otras lindezas por el estilo.

   Me levanté dolorido y gustoso. Ella dormía como musa del vicio. Grande. Bella. Roncando cual cosaca feladora. De pronto, se me vino a la mente mi mujer dando voces: “¿Dónde has estado toda la noche? Y no me digas que los partidos de fútbol duran mil horas”. Mejor no pensar. Me planté en el trabajo, pero mi mujer no me llamó. Todo normal, demasiado normal. Pensaba que había sido idiota. Que las tías buenas no  llueven del cielo a tu cama, que algo raro pasaba, que tendría que ir a la policía, que a lo mejor mi familia había sido secuestrada por la mafia rusa, y que, señor comisario, fue así, muy raro, pero yo no estoy drogado, nada más que un cubata viendo el fútbol, sólo eso, y después silencio y una mujer muy hermosa que follaba lindamente, pero nada de drogas… Aunque cualquiera iba a la policía con esta historia. No tenía pruebas. Lo mismo me metían en una celda o llamaban a una ambulancia y me metían al manicomio.

   Agarré un martillo de la oficina y fui a casa pensando en cosas horribles. Entré sigiloso, arma en ristre. El follón habitual. “¿Papá, qué haces con ese martillo?”. Y todo transcurrió en el monótono caos habitual, en apacible y ruidosa rutina familiar. O sea, los niños querían jugar conmigo y con el martillo; la suegra que le arreglara el transistor, pero lo que pasaba es que las pilas estaban muertas; mi mujer que le hiciera caso sobre unas ofertas de edredones porque los que teníamos estaban muy gastados, olían fatal, a perros muertos. Y yo quería huir al bar y hablar con un montón de gilipollas de fútbol o de lo que fuera.














   Y los días, los meses y el tiempo transcurrieron como reloj amarillo, pesado y sin noticias. Hasta que después de un televisado partido de fútbol en el bar de mis amores y disputas, en que mi equipo ganó holgadamente y me reí como nunca del desdentado parroquiano, en que llegué a casa cantando, en que abrí la puerta y me sumergí en las dulzuras familiares y sus broncas, en que llegué al salón y todo estaba asquerosamente como de costumbre, menos la foto familiar, pues no estábamos nosotros, sino una familia de negros –matrimonio, dos hijos y señora vieja-,… me di cuenta de que algo raro estaba pasando, que aquel era un hogar distinto, pues todos, incluido yo, éramos negros y hablábamos como el conserje dominicano de mi oficina.

   Quise escapar, pero no hubo manera. Me hicieron cenar un arroz con pollo en cantidades increíbles. Mi mujer, que era como mi mujer, pero con mejores tetas, con mejor culo y negra radiante, me dijo que amol mío. que ya era hora, que si se me había olvidado que hoy habíamos quedado para ir a bailar, que si tenía dinero, que había que darle algo a su madre para que aguantara a los niños, que por cierto saltaban alocados por la casa, dando patadas a un balón que me dio en el estómago mientras ellos, decían, ser mejores que toda la selección de Brasil junta. ¡Dios mío, qué locura!










   Acabamos mi mujer negra y yo en una especie de sótano ruidoso, muy apretaditos y movedizos. Mi cuerpo hizo todo el deporte que le negué durante años y sudó innumerables cubatas de ron caribeño de pura cepa. Después de tres horas de un simparar, sentí que mi mujer de ébano quería practicar el baile de las sábanas húmedas, pues con estas mismas palabras me lo dijo y me obligó, gustosamente he de reconocer, a fornicar hasta un extremo que desconocía. Hubo un momento en que temí perder en sus manos, boca e interioridades genitales y anales mi infladísimo cipote.

   Me desperté a las siete de la mañana sudando. Sin ducharme y desayunar, salí de casa a velocidad olímpica. Pero yo no era blanco; era negro cerrado. Cómo iba a presentarme con semejante pigmentación en el trabajo. ¿Pero a dónde iba a ir? Estaba paralizado en el portal pensando que a lo mejor era un sinpapeles y que me podrían deportar, cuando una vecina me dio los buenos días y me llamó por mi nombre. En el bar ni se inmutaron, como si me conocieran de toda la vida. El del kiosko de prensa, lo mismito. Y cuando llegué al trabajo, ocupé mi mesa y nadie me dijo: “Te veo muy moreno”.

   Viví como negro durante unas semanas. Había cosas que me gustaba y otras, no tanto. Pero era un negro con trabajo, buen sueldo  y buenos trajes. El fútbol dejó de gustarme. Prefería hablar de baloncesto, NBA y ligas de beisbol. Descubrí también en carne propia que había mucho blanco cabrón, ignorante y racista. Me hice activista de una reconocida ONG anti-racista y de pronto un día me levanto, me ducho, me coloco mi cadena de oro, mi reloj de oro y, joder, vuelvo a ser blanco y vulgar. Me dio una rabia. ¿Qué coño estaba pasando en mi casa?, porque la cosa no quedó ahí.














    Me explico. Por un lado, empecé a aborrecer mi vulgar vida familiar. Pero por otro, esperaba ansioso esos cambios radicales de existencia, aunque fuera demasiado vertiginoso entrar en casa y descubrir que estaba casado con un hombre o que era un mafioso que disponía de toda la droga inimaginable y de una tía estupenda y estupendamente operada o que era un escritor de éxito que tenía diez o más libros publicados sobre los secretos de la cocina mediterránea o que era un solterón empedernido y coleccionista de cosas raras y que prefiero no mencionar. Había que tomar una solución. Y la tomé. Vendí la casa y me fui a vivir al otro extremo de la ciudad con mi adorable y apestosa familia.

   Pasaron los meses y unos cuantos años. Entonces, el paraíso de la rutina anidó en mi vida.

   Un día de fútbol y semifinales europeas me fui como un sonámbulo hasta mi antiguo bar. El camarero y el parroquiano desdentado se alegraron de verme. Discutimos, nos criticamos, nos insultamos. Era regresar a la antigua e incómoda felicidad. Qué paz interior. Qué goles marcó mi equipo. Qué lecciones te da la vida. Y qué susto me pegué cuando entraron la rubia rusa, el matrimonio dominicano, mi exmarido, el mafioso y la rubia de plástico, el escritor culinario y el coleccionista de cosas innombrables. Estuve a punto de decirles que yo fui ellos, que también viví con ellas. ¿Pero para qué? ¿Acaso lo entenderían? ¿Acaso lo entienden los que están leyendo esto?

                                           RAFA  MONTESINOS















lunes, 18 de febrero de 2013

Fotógrafos de Ahora. Antonio Graell. "Crucifixión Siglo XXI"












Fotógrafos de Ahora

Antonio  Graell
 o
La invención que no cesa
(Crucifixión Siglo XXI
En
El dinosaurio todavía estaba allí
Calle  Lavapiés, 8 /Madrid)

















      Antonio Graell no tiene remedio. Es la invención que no cesa. Y digo esto con absoluto conocimiento de causa, pues desde que lo conozco no para de maquinar cuestiones fotográficas que no sé si rozan los vetustos Inventos del TBO, la nigromancia postmoderna o retrotecnológica o el delirio plástico más inventivo que se pueda encontrar. Es el padre de la “Foto-Chapapote”. Ha dado una vuelta de tuerca a la cuestión digital pariendo “La Halurización del pixel”. Ha ido al origen de la civilización y reformulado la fotografía con sus “Fotos-Fuego”. Y otras maquinaciones de la más rara estirpe.

















   Y ahora, después de montar hace más de dos años en Tabacalera la “Crucifixión Siglo XXI” con hermosa Crista y atador de turno, reelabora aquel material fotográfico y lo expone sobre humilde papel amarronado y supuestamente reciclado.

   Pero como Graell no puede quedarse ahí, edita en compañía de familia y amigos un librito de tirada limitada (150 ejemplares), la mar de apañado y artesanal. A un precio módico. Algunas de las imágenes que se muestran en este artículo son escaneados de dicho librito.

    Las imágenes fotográficas (página impar) van acompañadas (página par) por diversos textos de diversos autores, con caligrafía de ellos/ellas mismos/as, que giran alrededor del Planeta Graell, como se puede observar en una de las imágenes que reproducimos. 











































   Pero como Graell es fotografía de sí mismo, no pude resistirme a la tentación de retratarle en singular compostura. Así que tomando la calle de plató, le hice situarse en pared conveniente y le propiné unas instantáneas que aquí reproduzco. La primera serie con gafas hiperbólicas de mi propiedad, y la segunda, en compostura de autor firma-libritos-en-la calle. ¡Qué crisis! Pero Graell puede con todo, incluida la firma en la calle.












































   Igualmente, muestro también a la literata-tabernera Amanda Manara, regidora del Dinosaurio todavía estaba allí, en compostura propia de sus labores literarias-tabernéricas. Es decir, que habíase roto un vaso de vino en plena calle y ella, presta, vino a limpiarlo con suma galanura, como se puede apreciar en la instantánea.




















  Y antes de retirarme a mis aposentos, tuve a bien retratar, también con gafas hiperbólicas, en el interior a Ana X-Flash y, en el exterior, a la simpática y directa Beatriz Cabo, no sólo encargada de la encuadernación del librito graelliano, sino animadora incondicional de Antonio Graell.




























   Sólo animar al personal que pulula por Madrid y le interesa la fotografía que vaya a ver cómo se las gasta este fotógrafo tan original, tan inventor y que se llama Antonio Graell.