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domingo, 8 de mayo de 2011

Pornografía. Escritos viajeros (10). De la espiral del sueño y de las diversas realidades.



X
De la espiral del sueño
y
de las realidades que dan vueltas




Pintura de Astolfo Funes





   Viajar a través de las emociones siempre es peligroso, aunque del todo necesario. En la emoción, somos animales humanos.

    Una semana antes, estaba solo, tranquilo, en mi casa, instalado anodinamente en el refugio antiaéreo de la santa rutina. Pero la paz esconde el aburrimiento; el aburrimiento, la curiosidad; la curiosidad, la decisión indecisa, y decidí viajar para saber el qué y el porqué de la pornografía, cómo se había llegado a transformar instinto y necesidad en gran negocio y espectáculo. El algoritmo del Oráculo de Google se anunciaba como la fábrica de respuestas definitivas. Me embarqué y di en esta isla. ¿Absurdo? Seguramente, al igual que la realidad oficial, estúpida incongruencia que nos gusta llamar verdad.





Pintura de Catherine Abel






   Por tanto, cuando la mujer salida de un fresco me pidió que me sentara junto a ella, que me iba a explicar la verdad, me pareció tan real o irreal como mi trabajo de nueve de la mañana a cinco de la tarde.

   -Tranquilo, Rogelio. No soy una seductora divinidad que desea tu cuerpo, energía y jugos. Depende de ti, no de mi tramposa seducción, como la falsa y degenerada Afrodita, o lo que queda de ella.

  -Entonces, ¿quién eres?

  -Dilo tú.

  -¿Una ninfa, una musa, una diosa?

   -Qué más quisiera. Soy un recuerdo pintado dentro de un sueño. Ahora mismo viajamos en un sueño.

   -Ahora sí que no entiendo nada.

   -¿Y por qué tienes que entender? Vives demasiado en tus preguntas, en tu temor. Existes en el miedo a la muerte, al sinsentido. Buscas el placer, la alegría de estar vivo, pero no das el paso definitivo.

   -Ponte en mi caso, llego a esta isla y no dejan de suceder locuras. Yo creía que el sexo y la pornografía eran más simples.

   -Nunca lo fueron, porque los mortales las retorcéis y después pedís sencillez. Escucha, me manda El Cabrero, tu amigo. Ahora mismo estamos en la espiral del sueño, flotando en un sueño de un sueño de un sueño… Pero el maremoto es una realidad física; ya lo comprenderás. ¿Conservas el ceñidor mágico de la supuesta Afrodita?

    Mi bolsa de viaje estaba en la habitación y dentro el supuesto ceñidor mágico, mi portátil y los enseres de un turista de ligero equipaje.

   -Me llamo Instantánea… Se me ha apagado el cigarrillo; ¿me das fuego?

   Obedecí sin rechistar. ¿Dónde se encontraba Milton? Allí estaba su escaso equipaje. Aquella mujer ensoñada me adivinaba el pensamiento.

   -Tu amigo está bien, en otro sueño de otro sueño y tú debes descansar. Te espera un largo viaje.






 FotoPiedra de Rafa Montesinos






   Para ser un sueño, ella era plenamente carnal. Suave y cálida piel. Melena corta y sedosa. Manos de largos dedos tranquilos, pero si pausa para la caricia sobre mi espalda. Música en la voz. Piernas y senos exactos, sin grandilocuencias ni tallas extras. Tirando a regordeta de duras carnes, de dulces besos, de lengua que hablaba en mi lengua, de boca en mi vientre, de gracioso conejito de la suerte. Qué suerte. Qué abandono. Qué rotación. Qué sueño. ¿Gozar o dormir?

    Descendí despacio y tiernamente a través un túnel de almohadas. Al fondo había una especie de máquina tragaperras. Introduje una moneda. Del fondo de un vientre de cisne, surgió Instantánea, que me regaló un beso que decía:

   -Nosotros ya no somos los mitos de vuestras canciones, epopeyas, arte y deseos. Vosotros ya no sois hombres y mujeres alegres o tristes en un hecho vivido. Sólo sois, como los dioses y diosas caídos: ilusión, angustia, deseo y próximo pasaje de la muerte.
   Entonces la luz se hizo relámpago intermitente y me convertí en un hombre muy pequeñito que no habitaba casas sino úteros. Las mujeres de un mundo de mujeres se disputaban mi presencia para que me instalara en su interior, pues era el ser perfecto: hijo y amante a la vez, parto y cópula, dolor y placer, principio y fin. Viví por los siglos en cientos de mujeres, siendo a la vez yo y mi propia descendencia.

   Pero toda perfección esconde su miedo, su terror perfecto, pues temía crecer y reventar a las mujeres por dentro. Y de esta incertidumbre nació mi asfixia. No podía respirar y comencé a crecer. Del exterior me llegaban las voces y gritos de mi descendencia:

   -Nosotros no somos él. No es nuestro padre-hijo, es un asesino. Cesárea, cesárea.

   El cirujano lo hizo rápido. Por fin estaba fuera y podía respirar. Pero yo era un ser repugnante, de afiladas garras y hocico, de nauseabundo olor. El cirujano preguntó a la madre-amante:

   -¿Qué hacemos con él, señora?

   -Échelo al fuego.

   En la llamas ardí en dolor de tortura rabiosa hasta que empezó a llover.





 Cerámica griega antigua






   Me desperté empalmado y húmedo. Estaba tendido en el suelo del cuarto de aseo, junto a la bañera. Arriba los seres que vivían en las pinturas al fresco me decían: “Bien, bien; te has salvado por poco… Ya sabes algo de Infierno, de tu infierno.”

   Me levanté y me vestí precipitadamente. En la habitación no había nadie; en el hotel, tampoco. Oí unos pasos. Me di la vuelta y vislumbré una sombra fugaz. Comencé a perseguirla hasta dar alcance a un hombre vestido de etiqueta. Parecía un camarero más que un señor de gala, y no tenía zapatos sino pezuñas negras de jamón ibérico.

   -Oiga, por favor, ¿podrían decirme dónde está todo el mundo?

   -Espere un momento; ahora le atiendo. Tengo mucho trabajo.

   Y como sombra que era, se esfumó. Salí del hotel y me interné por la galería alumbrándome con un mechero. Pero la llama se hizo pequeña, pequeñita y se extinguió.

   Tenía que encontrar otro mechero, una vela, una linterna. Regresé, al palpo y a tropezones, hasta la puerta de aquel angustioso hotel subterráneo. La espléndida iluminación se había vuelto oscuridad total. El suelo empezó a temblar y me fui hundiendo.





 Cerámica griega antigua







   Cuando desperté, de nuevo empalmadísimo, oí una voz de mujer que sollozante decía:

   -Esto no tiene remedio; nos queda muy poco tiempo. Vamos a morir todos.

                                                (CONTINUARÁ)  






Dibujo de Salvador Dalí


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jueves, 28 de abril de 2011

Pornografía. Escritos viajeros (9). Del erecto enano barroco y de un raro refugio.




IX
Del erecto enano barroco
y
de un raro refugio




 Pintura de Jeffrey Gold





    Nuestro marcial enano nos condujo por estrechas y laberínticas galerías. Iluminaba el camino con un candil que, de una cadena, pendía de su magno cipote. Al observar nuestro asombrado azoramiento, tuvo a bien detenerse y hacernos esta increíble observación:

   -No crean que estoy erecto todo el día. Ustedes, los actuales, hacen flexiones, abdominales, cuádriceps, corren, nadan, se pegan caminatas y toman vitaminas. Pues en mi caso, y dada mi condición, hago lo propio con mi masculino miembro. Lo entreno todos los días. Así he conseguido muscularlo convenientemente.

   -Qué interesante- dijo a lo bobo Milton

   -Interesante y sobre todo formativo. Si me permiten, puedo hacerles una demostración de la fuerza y variedad de movimientos conseguidos, así como de mi torrente espermático… A ver, ¿cuál de los dos le echa un pulso a este mi tercer brazo?

   Nos quedamos inmóviles, no fuera que nuestro envalentonado enano interpretara cualquier gesto como aceptación de la apuesta.

   -Vengan, no sean cobardones, que les doy ventaja. Sus dos brazos derechos contra mi musculito.

   Y nos agarró con descomunal fuerza, haciendo inútil toda resistencia. Entonces, le rogamos que, por favor, no; que en otro momento. Con el forcejeo, el candil cayó y nos quedamos a oscuras.

   Tras un breve pero largísimo instante en tinieblas, hízose la luz y apareció el enano con el miembro morcillón.

   -Vaya, me hecho perder la concentración, aunque es del todo evidente que no son rivales para mí, humanos cobardones.





 Ruinas de Delos


  Aliviados, nos dejamos guiar por las galerías hasta dar en una puerta de madera, muy antigua pero en perfecto estado. El enano, esta vez con candil en mano, se detuvo y nos informó:

   -Detrás de la puerta tienen todo lo que necesitan para reponerse. Si precisan de algo más, pídalo en voz alta y al instante estaré ante ustedes. Suerte.

   Repentinamente, volvieron las tinieblas. Empujamos la puerta, pero no cedía. La aporreamos y nos abrió una estupenda y jamonuda señorita de norteño aspecto y en total desnudez. Sin saludarnos, nos dio la espalda y el culo como si nos conociera de toda la vida.

   Aquello parecía la recepción de un hotel de múltiples estrellas. Un vestíbulo bien iluminado, con gente elegante y poco vestida, extrañamente ajena a la catástrofe que vivía la isla. Al fondo, una escalera de mármol que parecía conducir a la planta de las habitaciones.

  -Esto está cada vez más rarito- le dije a Milton.

  -De acuerdo. Es como si estuviéramos dentro de un videojuego diseñado por un gilipollas salido.

  -Y drogado. O sea que va a tener razón el caballero Shakespeare cuando dijo eso de que la vida era un cuento contado por un idiota… ¿Cómo sigue?

   -Llena, la vida, de ruido y furia, que nada significa o algo así-apuntilló Milton.

   -Haciendo la versión pornográfica podría quedar en que la vida es una absurda peli porno rodada por ministro de agricultura, corrupto, inculto y que no para de hacerse pajas.

   -Una historia llena de tías tristes, polvos lánguidos y escenas antilujuria- apuntilló mi compañero.







 Arte griego. 475 antes de J.C.



   En estas absurdas filosofías estábamos, casi tan absurdas como lo que estábamos viviendo, cuando se nos acercó un anciano que cubría sus pudendas partes con hoja de parra.

   -Mis más sinceras “congratulizaciones” por haber salvado el pellejo. Me presento. Mi nombre es Max Schllinder Capote, alcalde de la aldea nudista del Monte Senux, vegetariano practicante, mesmerista titulado y en ejercicio, y honrando productor de vino ecológico. ¿Ustedes, caballeros?

   -Turistas sin pretensiones- respondí sin más, pues tal y como iba el asunto no estaba dispuesto a sincerarme de primeras con estrafalarios extraños.

   -¿Y usted también es de esa clase de turista?

   -Por supuesto, aunque además me dedico al tráfico de corales- respondió Milton.

   -Interesante. Bien, les explico- y el tal Max se colocó bien la hoja de parra-. No sabemos lo que sucede fuera. Imaginamos que se vive un desastre total. Digo “imaginamos” porque aquí no hay cobertura, y no funcionan los móviles ni la tele ni los ordenadores ni hay enchufes ni electricidad y no hay manera de cargar las baterías.

   -¿Pero todo este chorro de luz vendrá de alguna parte?-pregunté asombrado.

   -Ni idea amigo. Es un total misterio. Tal vez sea por fosforescencia, pero aún no  hemos conseguido averiguarlo. Lo cierto es que aquí estamos protegidos y no falta de nada.

   -Pues yo quiero beber- saltó Milton.

   -Beber y fumar.

   -Vayan al almacén y cojan lo que les plazca. Ya les he dicho que hay de todo, pero estamos incomunicados, a la espera de lo que ellos decidan.

   Viendo nuestra ignorancia, Max bajó la voz:

   -Los que manejan todo son los del pueblo, gente muy rara, como de otro mundo o de otra época. Cuando nuestra comuna jipi se instaló en esta isla, nos acogieron si problemas, pero nunca ha habido mucha relación. Si teníamos algún problema o caíamos enfermos, nos lo solucionaban al instante, sin pedirnos nada cambio, sin aceptar ningún regalo. Si moría alguno de nosotros, eran los primeros en presentarse y en ayudarnos a trasladar el cadáver a su país de origen. Sin embargo, alguno de los nuestros ha desaparecido. Les hemos preguntado, y ellos responden que no hay que preocuparse, que cualquier día aparecerá.

   -¿Y la policía qué hace?- le pregunté con miedo, sed y ganas de fumar.

   -Ellos controlan todo, ellos son la policía… Vamos a dejarlo que ustedes tienen que reponerse. En el almacén tienen todo lo que necesitan. Después instálense en una habitación, hay muchas vacías.






 Arte griego. Posible ninfa




   En el almacén había de todo y gratis total. Subimos por la espléndida escalera de mármol y nos instalamos en regia habitación con bien surtida biblioteca de clásicos griegos y latinos.

   El cuarto de baño estaba decorado con frescos luminosamente eróticos. Venus lindísimas, náyades y ninfas de atrayentes carnes, faunos bien dotados, toros en celo y un sinfín de representaciones que ni salidas del mejor Ovidio. La bañera era una gran concha de plata. De los grifos manaba una atemperada agua. El jabón de algas era esencia ideal y relajante. Todo se presentaba estupendo y divino, pero tenía la impresión de que las figuras de los frescos no dejaban de observarme.

   Tal vez estaba demasiado cansado y retorcía la realidad. Había que relajarse, relajarse… y no sé si me quedé dormido, pero descubrí, puedo jurarlo, como una ninfa de los frescos me guiñaba un ojo y me lanzaba un beso. Me vestí y salí del grecolatino aseo. Tenía que avisar a Milton. No estaba en la habitación. Entonces grité su nombre. Silencio. Nadie contestó ni el enano apareció.







 Pintura de Lucian Freud. 1973





   Bajé hasta el vestíbulo. No había nadie. En el almacén tampoco. Dije unas cuantas veces bien alto el típico “¿hay alguien?” Sin respuesta. Llamé a la puerta de todas las habitaciones que encontré. Silencio. Entré en algunas. Vacías. Y acojonadito perdido, regresé a la mía. Sobre un rojo sofá, yacía lánguida y desnuda una de las ninfas de los frescos. Yacía bella, peligrosa, fumando y leyendo un libro.

   -No te quedes ahí; entra y cierra la puerta- dijo la susodicha ninfa como si fuera vecina del barrio-. Tardabas y me he puesto a leer. ¿No te importa que me fume uno de tus cigarrillos?

                                               (CONTINUARÁ)





Ninfa yacente. Foto, década de los 60

jueves, 21 de abril de 2011

Pornografía. Escritos viajeros (8). Del agua rabiosa, el tabaco y la ceremonia en la gruta



VIII
Del agua y la tierra
revueltas, del tabaco
y 
de la ceremonia en la gruta
del Monte de Senux







Dibujo de Francesco Clemente



Dibujo de Francesco Clemente






   Primera bofetada de los dioses del agua y una ola telón se tragó el puerto. Primer zarpazo de los diablos submarinos y una segunda ola devoró el pueblo. Después olas y olas con dientes, con estómagos profundísimos.

   El agua escalaba las pendientes, amenazando el Monte de Senux. Mientras, la lluvia se hacía más intensa, propia de un monzón cruel. Los barcos, los coches, los árboles, las casas, cualquier cosa pesada o aparentemente anclada en la tierra se sumergía o flotaba. Y ni rastro de los seres humanos.

   Jamás me había sentido tan idiota y tan inútil agarrado, como estaba, a la bolsa de viaje. Tontamente pensando si se me mojaría o no el ordenador portátil. ¿Había ido a esta isla para comprender lo que es la pornografía o a morirme? ¿Por qué las mujeres y sus canes seguían fornicando? ¿Por qué su quehacer sexual se volvía más y más frenético? ¿Para qué les gritaba Milton que dejaran de follar, que la montaña se estaba deshaciendo?




Cerámica griega. Ática




   ¿Es mejor que la muerte nos pille de juerga, gozando? ¿Los mitos nos avisan? ¿Los mitos se repiten? ¿Hay que hacerse mil preguntas absurdas, pero reales, o pedir perdón por unos pecados que no importan a nadie? ¿Es preferible pensar en la muerte o tener unas terribles ganas de fumar?
                                             
   -Oye Milton, ¿tienes tabaco?

   -Rogelio, sabes que no fumo.

   -Pero siempre has cuidado el vicio ajeno, sobre todo el de los amigos.

   -Algo tengo. Te daré un cigarrillo cuando lleguemos a esa roca.

    Comenzamos a subir a gatas, resbalando constantemente. La tormenta se lleno de rayos, de electricidad. Estábamos solos. Ascendíamos agarrándonos a los matorrales, a los troncos de unos delgaduchos pinos, a cualquier cosa aparentemente fija. En aquellos instantes, sólo quería vivir para fumar. Qué tontería haber dejado el tabaco hacía dos años.



Cerámica griega. Atenas.







   Bajo la roca, tras unos tablones de madera, encontramos una entrada. Sin dudar nos metimos y atravesamos un estrecho pasadizo, iluminándonos por una linterna que Milton se había sacado  del zurrón. Fuimos descendiendo hasta dar en una gran gruta abovedada, que innumerables lamparillas de aceite iluminaban.

   De la nada surgió un sonriente enano en atuendo de pintor barroco:

   -Síngame, por favor.

   Obedientes y sin hacer preguntas, fuimos tras él. Rostros fijos y secos nos observaban en silencio, el cual fue roto por un cantar en letanía, que me sonaba a lengua antigua o a la jerigonza de una ceremonia peliculera de sacrificio. El enano nos indicó que nos detuviéramos. Nos abandonó y se unió al coro.

   -Creo que están cantando en griego clásico, me suena a Eurípides. Dicen algo sobre la venganza de los dioses, la regeneración y el sacrificio para calmar su ira- dijo Milton.

  -Pues espero que no nos sacrifique a nosotros.

  -No digas tonterías, Rogelio.

   Tuve ganas de reír y creo que Milton también, pues, tras el canturreo litúrgico, aquellos extraños seres, entre los que identifiqué a la vieja del burro y a ciertos lugareños, se despojaron de sus vestimentas.

   Desnudos todos, se arrodillaron alrededor de un círculo, formado por ramas y troncos para ser prendidos, y comenzaron a clamar palabrejas bien acompasadas.

   La vieja del burro, que se movía con más agilidad que una bruja de Goya, empezó a trazar círculos alrededor de la pira con un largo y retorcido báculo. Entonces, un isleño musculoso la prendió al instante. Las llamas iluminaron la gruta, proyectando amenazadoras sombras sobre las paredes y la bóveda.

 Una enigmática y bella mujer antigua, metió la mano en la hoguera. En vez de quemarse, sacó una enorme serpiente, seguramente una pitón, que se enroscó al cuello. En diferentes lenguas, supuse, esta sacerdotisa repitió una enigmática frase:

   -Ha llegado la hora. Hay que estar preparados, pues el tiempo regresa del olvido.




 Así era, más o menos,

la sacerdotisa de la pitón








   Los despelotados acólitos, girando alrededor de la hoguera, murmuraban lo dicho por la sacerdotisa, a la vez que iban echando diferentes y olorosas materias.

   -Me estoy mareando; tengo sed.

  -Y yo ganas de fumar- le respondí a Milton.

   La atmósfera estaba cargada de humedad y de esencias en combustión, como si estuvieran humeando cien botafumeiros en el día más lluvioso del siglo.

   De la nada volvió a surgir el sonriente enano, esta vez en cueros vivos y  con gran longitud de miembro viril, pues estaba empalmado cual priápico monstruo de película porno.

   -Tranquilidad, amigos. Aquí están a buen resguardo. Nada les ha de faltar. Sígame.

                                               (CONTINUARÁ)





Fresco pompeyano.
Así se puso, más o menos,
el enano en cuestión.



Rara fotocomposición que
me había entregado el sabio cabrero
y que encontré en mi bolsa al buscar tabaco




Rara Fotocomposición II

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miércoles, 13 de abril de 2011

Pornografía. Escritos viajeros. (7). De la que se avecinaba y el reencuentro con un amigo.



VII
De la que se avecinaba
y
del reencuentro con
Milton Zaguán





Pintura: Lucian Freud, 1980 


 Pintura: Lucian Freud, 1977





  La recepción, vacía y con eco de mal augurio. Deambulando por el vestíbulo, un encorvado viejo vinagroso que se disponía a cerrar la puerta del hotelucho.

   -Espere, que me deja dentro.
  
   -Como no se dé prisa, seguro.

    Carajo, pensé, habla mi lengua sin casi acento y no tiene aspecto de ilustrado urbanita, parece más bien labriego. Le pregunté con cierto temor:

    -¿Cuánto es la habitación?

    -Da lo mismo; se han ido todos.

   -¿Pero algo deberé?

   -Que es igual. Para la que va a caer, paga la casa.

   En mi vida me habían invitado a una pernoctación de hostal u hotel de ninguna estrella. Qué raro. Empecé a arrepentirme de no haber ido con el sabio cabrero.


 Foto: Jean Francois Jonvell





   La calle era una parrilla a la brasa de un sol rojo y quemante. El turisteo de medio pelo, que deambulaba por las callejas como piojos fritos en busca de sombra,  miraba hacia arriba en busca de historia antigua y ropa tendida.

   Pero las ventanas estaban cerradas. En las aceras, ni los habituales gatos, perros, burros y asquerosas palomas. Y pocos negocios permanecían abiertos, ni siquiera en el puerto. Reinaba un horizonte perfecto y limpio de la perturbación humana que encontré al llegar a la isla.

   Dos ferrys, en azul oxidado, esperaban. El primero ya se iba tragando al pasaje. Saqué el billete para el segundo y esperé sudando en una sombra sin inquilino. Me dormí y tuve una pesadilla rápida:

   El mundo se había secado, porque una ballena grande como cien montañas se había tragado todas las aguas. En la tierra, seca y abrasada, Jonás con gorra de béisbol vendía botellas de agua mineral. Era el ser más rico del universo. Hasta tenía de cliente a Dios. Pero yo no tenía dinero y me moría de sed.

  Una mano peluda me sacó del mal trago onírico. Era de Milton Zaguán, conocido literato madrileño, bohemio y parlanchín desbocado, que se ganaba la vida con un lucrativo negocio de bolsos y collares de coral.

   -Rogelio, que vas a perder el barco… ¿De turismo, eh?

  -Que va- le dije desde mis legañas-. Estoy aquí por unas investigaciones. ¿Y tú?

   -Trabajando en calidad de presidente de la Asociación Literaria y Artística Grecolatina. Soy el guía turístico del itinerario que he organizado: "Caminito de Ítaca", y hoy tocaba esta isla, que por cierto no tiene mucho que ver, quitando el Oráculo de Google, aunque tampoco. Es una modernez de ese monopolio de la comunicación universal.

  -Aquí hay más cosas de lo que parece.

  - Pues mis excursionistas de la Asociación dicen que esta isla es un coñazo, que no da ni  para una foto.

   Brusco corte en nuestra conversación. Una de las monitorizadas de la Asociación de Milton, madura y regordita, corría cual leona de Castilla tras dos caniches, uno blanco y otro negro. Tras ella, otra de sus excursionistas, ésta joven y espigada, hacía lo propio tras un galopante pastor alemán. Y cerrando la extraña carrera,  una enlutada vieja a lomos de un asno veloz.

   Tenía la rara impresión de asistir al día de San Antón o algo parecido e impropio de una isla clásica.

   Milton se puso a hablar con un señorín de blanquísima y poblada cabellera:

   -Yo no puedo dejar en esta isla a nuestras compañeras y sus respectivos perros. Así que te encargas tú de embarcarte con el resto de la excursión, que yo lo haré en el próximo ferry, cuando localice a estas locas-. Y nervioso, me preguntó qué pesaba hacer.

   -Te acompaño.







   Atravesamos el casi deshabitado pueblo, seguidos por una piara de cerdos, gallinas, patos, un caballo desbocado y una familia desnuda.

   Qué estaba pasando. Se lo pregunté a un viejo y me dijo sin pararse:

    -Hay que llegar cuanto antes al Monte Senux.

   El cielo se iba transformando en plomo sucio y amenazante.

   Cuando llegamos al Oráculo de Google, la Sacerdotisa, con su desnudo y sinuoso cuerpo cubierto de cables y clavijas, nos predicó:

  -¿A dónde vais? ¿Qué maldita epidemia os aqueja? Esta isla está maldita, tenéis que huir de ella.

    La vieja enlutada a lomos del pollino nos susurró:

  -A ésta, ni caso. Dice que es sacerdotisa, ¿de qué? Es una de esas brujas que aparecen en los televisores por la noche echando las cartas y diciendo tonterías de los horóscopos.  No creo que dure mucho.

  Entonces comprendí que el saber de la Sacerdotisa de Google, como el mío, dependía de máquinas controladas por unos negociantes muy ricos. Conclusión, cada vez sabía menos sobre qué era eso de la pornografía.

  Desde el templo del Oráculo de Google, podían verse las azoteas del pueblo llenas de gentes agitadas. Milton me pasó sus prismáticos de general o de supremo cotilla. Desde las azoteas, muñequitos humanos señalaban el mar y el cielo. Algunos se agrupaban de rodillas como acojonados oferentes ante el rezo.

   Continuamos ascendiendo. Cada vez costaba más. El cielo plomizo empezó a chorrear agua caliente. El aire era una sopa eléctrica.

   Milton dejó de subir la cuesta y me señaló unos árboles. Al principio no comprendía, no veía, hasta que por fin observé  entre la maleza a las excursionistas de la Asociación. Era absurdo, pero ambas fornicaban  con sus respectivos canes. La del pastor alemán estaba siendo montada cularmente, sin poderse discernir por qué agujero. La de los caniches era lamida en pleno florilegio por el negro, mientras masturbaba y succionaba el falo del blanco.











Nos hubiéramos acercado más para contemplar con todo detalle aquel increíble espectáculo de no ser por el grito de la enlutada vieja del burro:

     -Miren, miren lo que viene del mar. ¡Oh malditos dioses del agua!

                                                 (CONTINUARÁ)








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