jueves, 20 de junio de 2013

Prosas rabiosas. "Anya en Groenlandia".









Prosas rabiosas

ANYA  EN  GROENLANDIA



     Los sentimientos son peligrosos, y más aún no tenerlos. De sobra lo sabe Anya, pero le da lo mismo, pues Anya tiene cara de verano, cuerpo en pleno  verano. Un verano puro y sin sujetador. Un verano de largos y vaporosos vestidos de algodón, dentro de los cuales es muy conveniente ir sin bragas, abrir el ordenador y leer cosas sobre Groenlandia.

   Anya siente escalofríos. En Groenlandia refresca mucho. En Madrid, este principio de verano también está siendo muy fresco. Y sucede que la boca, la garganta y los recuerdos se le resecan hasta que no hay saliva ni memoria, sólo lengua de lija, de cocodrila en celo. “Socorro, ¿dónde habré puesto mi botellita de agua? ¿Dónde está Groenlandia ahora?” Y de pronto se le viene encima su última fornicación. “Socorro… ¿Hay alguien?... Follar está sobreestimado”. Seca y amnésica. “Tanto sexo, tanto sexo… Sobrevalorado”. Sin embargo, Anya volvería al lugar del crimen, bien abierta de piernas, bien agarrada al cuerpo que la empujaba con la pasión del animal que matamos todos los días.




















  Anya se irá a Groenlandia a finales de agosto, con una amiga. Indudablemente, tendrá que cambiar sus vaporosos vestidos de algodón étnico por aislantes térmicos adecuados. ¿Por qué adelantar el frío? ¿Es un error o es jugar al túnel del tiempo? ¿Quién sabe? La vida nunca contesta, y mira que Anya le hace preguntas a la vida y a la gente. Desde su ordenador de niña cumplidora y aseada, también interroga a Groenlandia. Y esa tierra escondida responde contándole historias sobre sus primeros humanos, los inuit, para los que todos los seres, fenómenos o cosas son personas con alma. O sea, un mogollón de gente y, encima, con alma. Es normal, aquello está desierto. Solución: si  hay poca gente, se decreta que un oso polar, un caribú, el pico de un monte helado o una ventisca con todo el hielo del Infierno son personas. Y se acabó el problema.

El ordenador pita y pita y Anya despierta de su pequeño sueño, de su pequeña melena. Internet ya le está hablando de aquellas lejanas tierras, con fotos, con vídeos, con excursiones para disfrutar de glaciares, animales solitarios y peludos y nativos misteriosos. Tal vez desnuda en la nieve. Fácil y bien organizado para vivir durante una semana en compañía de osos polares, focas, morsas y una amiga, ¿también desnuda en la nieve?


























  Pero Groenlandia sigue estando lejos, igual que tanto de lo que deseamos. Tendría que haber más medios de transporte para viajar al deseo.

   Anya apaga el ordenador y regresa más y más a sus ensoñaciones. A ella le gusta alejarse. Antes de viajar a Groenlandia irá a Japón. Un extraño Japón desde su mirada húmeda y fija en un punto del último horizonte. Hay que saber estar sola. Muchas personas, sobre todo hombres, ni quieren ni saben estar solos. 












  Sin embargo, Anya querría tener a su lado a un ser humano. Posiblemente un hombre amoroso, al que hacerle una batería de preguntas socráticas, que no galaicas. Un hombre inuit al que decirle: “Eso no es así; eso es mentira”. Ahora Anya es casi la esfinge del oráculo. No ofrece respuestas; solo formula preguntas. Pero a veces, como una primitiva, como una inuit, la pasión y el deseo -y también un poquito la razón- la arrastran a buscar respuestas viajeras en La India, Australia, Japón, Groenlandia o quizá en el último cuerpo fornicado, ¿en la nieve del último glaciar?
















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